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  • Diego Cortijo

Querida Palmira


Lo recuerdo perfectamente.

Hace tiempo me despedía de la atmósfera que la llamada al rezo, que manaba de decenas de minaretes, impregnaba las callejuelas de Damasco.

Partía hacia el este, hacia lo profundo del desierto, aparentemente hacia ninguna parte. Cientos de kilómetros de arenas que separaban occidente de oriente.

Un paisaje plano y monocromático no hacía justicia a lo que pronto contemplaría.

Sólo al anochecer se produjo el milagro, y un ansiado oasis, levemente iluminado, dejaba ver algo que parecía estar fuera de lugar. Allí, en medio de ninguna parte, una colosal calle columnada se levantaba como faro entre la bruma y el vapor. Una calle no, muchas, y las columnas se erguían en todas direcciones.

No pude contener la emoción, era algo totalmente inesperado, una imagen demasiado potente, allí, donde pocos pareían llegar.

Recorrí un espectacular "cardus máximus" flanqueado de decenas de columnas hasta llegar a la encrucijada, uniòn con el "decumanus". En ese cruce de punto cardinales se alzaba el "tetrapilum" y sin duda uno se sentía en medio de una gran urbe.

Capital de los nabateos y de la, según dicen hermosísima reina Zenobia que volvía locos a los emperadores romanos, aquel oasis fue la bisagra que unía dos mundos. El punto de paso del este con el oeste. Los nabateos bien conocían las rutas mercantiles y los puntos estratégicos, ya se habían hecho con Petra. Acariciaba el esplendor de Palmira solo viendo los restos que se esparcían en kilómetros a la redonda.

Ese día contemplaría el atardecer desde lo alto del castillo mameluco que presidía todo el complejo arqueológico. No podía envolverse aquel lugar de una esfera más mágica, susurrando los avatares de los milenios.

Mi querida y mágica Palmira, todavía me recuerdas la autenticidad de esos sitios únicos de nuestro planeta, que sin querer te transportan y que se alza en el rincón más olvidado . Hoy tus gentes y tus tierras sufren. Sufren el asedio de los fanáticos de la religión, algo que, no me cabe duda, nos ha lastrado como especie, como civilización desde el origen de los tiempos. Ahí, que como techo del conocimiento ha alienado al hombre en tantas ocasiones...

¿Levantarán cabeza algún día tus tierras? ¿Tendrán que sufrir 400 años de Inquisición también, del yugo de un credo, o de una cultura dominante?

¿Por qué aquello que más nos inquieta es lo que nos convierte en seres más salvajes?

No se si algún día nos quitaremos tanta arena de los ojos.

No se si algún día seremos libres para BUSCAR más allá.


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                                                                                                                                      ©Diego Cortijo

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