PUSHARO, ¿UN MAPA A UNA CIUDAD PERDIDA?

EXPEDICIÓN PANTIACOLLA 2010

 

Publicado en revista ENIGMAS nº 184

 

Escondido en la cuenca del río Palotoa, en plena selva amazónica, custodiado por la tribu de los Machiguengas, surge el nombre de un lugar, un lugar que evoca la propia aventura, la búsqueda, la puerta de grandes expediciones que han buscado una ciudad perdida de oro, Pusharo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Qué es Pusharo?

 

La selva esconde algunos secretos como celosa guardián de un pasado olvidado. Penetrar en sus entrañas es símbolo de riesgo y, ésta custodia, hace imposible detectar cualquier resto de la antigüedad. La frondosidad y condiciones de este terreno convierten cualquier hallazgo en algo casi milagroso. Pusharo es una de esas cosas que el hombre ha conseguido alcanzar en el mismo corazón de la jungla. Se trata de un panel grabado en la roca, en la cuenca del río Palotoa. Un panel completamente dibujado con símbolos

y dibujos que hacen que uno enmudezca ante tal expresión artística. Ahí, en medio del verde de la Amazonía, parece estar fuera de lugar, o quizás no, y es como algunos dicen, una pista hacia lugares ocultos todavía más allá.

Está situado en las confluencias del río Madre de Dios, aquel río que los incas, y después los conquistadores, surcaron en busca de ciudades perdidas. Éste pertenece al Parque Nacional del Manu, que forma toda la parte suroriental de Perú, siendo la esquina que da frontera a Brasil y Bolivia.

 

Pusharo fue descubierto oficialmente en 1921 por el misionero Vicente de Cenitagoya. Éste, tras haber perdido sus notas, publicó un artículo 22 años después, sobre la tribu  nativa del lugar, los machiguengas, donde señalaba, de manera casi irracional, que los petroglifos de Pusharo eran representaciones y escenas del Antiguo y Nuevo Testamento.

 

Después de eso tuvieron que pasar casi 50 años hasta que volvieran a visitar aquellos petroglifos. Varios han sido los exploradores que han ido a Pusharo buscando respuestas, intentando descifrar el mensaje de esos dibujos. Lo caótico de las representaciones, la cantidad de ellas y el lugar donde se encuentra, complica la tarea de intentar entender ese lienzo de piedra. Figuras de difícil comprensión, espirales, líneas, círculos, caras con forma de corazón, varios soles coronando las escenas, formas geométricas… Hasta ahora se ha estudiado la pared principal, de unos 30 metros de largo por unos 6 de alto y a finales de los 70 se descubrió otra pared, unos metros más adentro del bosque, con dibujos totalmente diferentes.

 

 

Las teorías

 

Lógicamente todo el mundo se pregunta quién realizó aquella obra, a qué

cultura pertenece y cuál puede ser su significado. ¿Tiene algo que ver con

la ciudad perdida de Paititi?

El explorador americano Gregory Deyermenjian, quizás el máximo referente

en cuanto a la búsqueda de la ciudad perdida de Paititi, ha visitado en varias

ocasiones los petroglifos de Pusharo. Para él los dibujos representarían las

visiones de los chamanes e iniciados, de nativos amazónicos de la

antigüedad, mientras estaban bajo los influjos de alucinógenos como la

brugmansia o la ayahuasca. Por tanto el significado del lugar es más bien

místico-religioso. Considera que la iconografía es de tipo “amazónico” pues

algunos glifos tienen semejanza con otros vistos en zonas selváticas de

Brasil o Ecuador. Según esto, existirían lazos chamanísticos entre diferentes

culturas selváticas. Afirma que este sitio contiene la colección más extensa

de símbolos y pensamientos místico-religiosos-chamanísticos de las

culturas selváticas amazónicas del pasado.

Para el sacerdote Juan Carlos Polentini, nada tienen que ver estos grabados

 con el Paititi ni con nada esotérico, “nada tienen de importancia, veracidad y

seriedad”. Este religioso se pasó 40 años buscando la ciudad perdida. Fue quien más relatos de nativos y tradición oral ha recogido, llegando incluso a situar exactamente las coordenadas de Paititi. Muchos le calificaron de “cura huaquero” (ladrón de tesoros), pero esos mismos fueron los que siguieron tras de sus pasos e investigaciones.

Pero quizás, uno de los nombres que más están sonando ahora, principalmente por la publicidad que se está haciendo, es el de Thierry Jamin. Explorador francés, es el autor del único libro dedicado por entero a los petroglifos de Pusharo, “Pusharo, la memoria recobrada de los incas”. Para él, Pusharo sería una especie de mapa memoria que dejaron los incas para la localización

de las ciudades sagradas. Para sustentar esa relación incaica, Jamin se basa en ciertos dibujos geométricos del panel, que tienen semejanzas con algunos tocapus, motivos de algunas cerámicas y telas incas. Concretamente señala cinco dibujos que compara con los tocapus incas. Para Thierry, aparece también grabada en la pared de Pusharo una chakana o cruz andina.

Para los incas, esta cruz marcaba, entre otras cosas, los cuatro suyus o las cuatro regiones de su imperio y casualmente la que se puede ver en Pusharo presenta una marca en el brazo derecho, como, según refiere el francés, indicando que nos encontramos en el Antisuyu, el territorio oriental de los incas. Pero la prueba más importante sería un conjunto de figuras en la parte izquierda del panel que forma según sus palabras: “el perfil exacto de un hombre en plena

fuerza de edad: ¡la de un emperador inca! ¡Todo está allí! Nada falta en realidad: la barbilla, la boca, una nariz ligeramente aguileña, una oreja adornada de un pesado adorno, típico de la nobleza inca, un ojo abierto de par en par y una frente ceñida del llantu o trenza de varios colores que dan cinco o seis veces la vuelta a la cabeza y rematada de una maskaipacha, un cerquillo

de lana, del que cada elemento pasaba por un pequeño tubo de oro, símbolo de la dignidad imperial.”

Para considerar que todo el panel de Pusharo realmente es una especie de mapa, o mapa memoria como él llama, que los incas realizaron para recordar la ubicación de las ciudades importantes del imperio, así como los lugares escondidos en la selva, el autor asocia ciertos dibujos a formaciones naturales. Por ejemplo, un cuadriculado con 22 pequeños cuadrados, lo asocia a las pirámides de Pantiacolla, unos montes alineados con forma piramidal que se

encuentran en las proximidades de la cordillera con el mismo nombre. Una línea ondulante, como una serpiente, parece indicar el río Madre de Dios, o río de las serpientes.

Uno de sus descubrimientos apoyaría esta teoría. En la ladera de uno de los montes próximos a los grabados, en una expedición realizada en 2001, su equipo observó lo que parecían unos geoglifos que dibujaban una cara muy parecida a algunas de las vistas en Pusharo. En su libro aporta algunas

fotografías y bien es cierto que se asemejan mucho a alguno de los motivos principales más conocidos de Pusharo, una cara con forma de corazón. Cuando el explorador se dirigió al lugar encontró que aquel dibujo estaba formado por unas zanjas que no parecían naturales.

De ser esto cierto, algunas formaciones del entorno estarían reflejadas en la roca, o quizás fue lo contrario, y los antiguos grabaron en la montaña lo que dibujaron en su gran panel de piedra.

 

 En mi opinión, las afirmaciones del explorador francés son demasiado aventuradas. Basa sus suposiciones en otras previas menos sustentables, que están llenas de, quizás, demasiada interpretación personal. Las semejanzas de algunos grabados con los tocapus incas son muy livianas, más cuando algunos son simples líneas; la chacana que se ve en Pusharo no es tal, pues ésta tiene doce puntas y la del panel sólo ocho; las pirámides de Pantiacolla no son 22, como cuadrados tiene uno de los petroglifos; y así casi en su totalidad. Bien es cierto que el perfil humano antes descrito es claro, no con tantos detalles, pero sí quiere recordarme a rasgos claramente andinos.

 

 

La interpretación de todo este conglomerado de símbolos e iconos es ardua, por no decir casi imposible, pero nos habla de las culturas que poblaron esas tierras. ¿Qué más escondieron? Por nuestra parte, un impulso nos hace tratar de buscar más, de adentrarnos ahí, de verlo con nuestros propios ojos. Así hicimos.

 

 

 

“Expedicion Pantiacolla 2010”

 

“La selva, al permitirle escudriñar su alma, exigió su vida a cambio” (Brian Fawcett)

 

Adentrarse en el Parque del Manu y más llegar ante la comunidad machiguenka para que te muestre los petroglifos de Pusharo no es fácil. Mi amigo y guía Fernando Rivera conoce los problemas de acceso y sabe que últimamente la comunidad nativa no acepta visitas, ellos optaron por vivir en aislamiento. Pero quien principalmente maneja esos asuntos es el CEDIA, Centro para el Desarrollo Indígena Amazónico, ellos son los que verdaderamente dan paso

hacia los nativos. Nuestra intención además, es convivir con los nativos y poder conversar con ellos, la valiosa información que nos puedan aportar de sus tradiciones orales es fundamental.

Tras dos semanas de conversaciones obtenemos el visto bueno del jefe de la comunidad nativa, es hora de organizar nuestra humilde expedición.

 

Nuestro viaje se inicia en Cuzco, la capital turística de Perú, también, antigua capital del imperio inca. Pasamos de los 4.200 metros de altitud en las cumbres andinas, hasta los 400 metros sobre el nivel del mar por el que discurre el río Alto Madre de Dios. Llegamos al pueblo de Pillcopata, esta noche la luz se ha cortado y a la luz de la linterna organizamos el día siguiente, los primeros grabados nos esperan.

 

Es época de lluvias y el camino, de tierra, se ha convertido en una verdadera pesadilla de barro y agua. Llegamos a los terrenos de la comunidad Queros. Nuestro machete ya se ha convertido en inseparable y Fernando y yo nos orientamos para tratar de ubicar nuestro destino.

Allí, por donde antes pasaba el curso del río Kosñipata, se encuentran bloques de roca de grandes dimensiones grabados con extraños motivos. Círculos y espirales, grabados en forma de estrella, ¿constelaciones? Cuando esos glifos fueron grabados, la roca se encontraba en medio de un caudaloso río. Nuevamente la importancia del agua y la roca queda patente. Esas

fuerzas telúricas que nuestros antiguos conocían y detectaban, quedaron reflejadas, quizás de esta forma, en estas inmensas piedras. Los nativos de allí, los Huachipaires, tienen su visión de esa roca, llamada Jinkiyori. “Un centro magnético de energía espacial” ¿Pero eso qué es?

 

Para ellos, este lugar de alguna forma, les servía para equilibrarse con los cuatro puntos cardinales. El río que bañaba esta roca, la cargaba de energía y hacía que los nativos se purificaran. Ellos se orientaban encima de ella, situando los cuatro “apus” o cerros sagrados. Aquellos petroglifos nos resultarían más tarde muy familiares. 

 

Nuestro camino prosigue por Atalaya, Salvación y Santa Cruz, pequeños humildes asentamientos a la vera del río Alto Madre de Dios. Debemos subirnos a unos camiones de mercancías, sus grandes ruedas, permiten cruzar los riachuelos que por momentos crecen con las lluvias. Hemos tenido suerte y los pasos todavía no están cortados.

Descansando a orillas del Madre de Dios, vemos que se acerca un peque peque, un pequeño bote a motor. Se trata de una familia de Machiguenkas que se han acercado a Santa Cruz para observar la recogida de plátanos. Conversamos con ellos y acceden a llevarnos hasta su comunidad. No nos esperan hasta el día siguiente, pero aprovechamos la oportunidad y ganamos un día. Se les reconoce perfectamente, sus rasgos marcados y sus cuerpos finos, destacan notablemente del resto de peruanos, son los auténticos pobladores de la selva.

El peque peque es indispensable en estas aguas, entramos en el río Palotoa, un pequeño río cuyo caudal es mucho menor que el Alto Madre de Dios, y aquí es necesario este tipo de “bote de indios” para no quedar encajados.

Al llegar a la comunidad, decidimos instalar nuestras tiendas de campaña junto a la única construcción de piedra, una humilde casa que sirve de colegio a los pequeños machiguenkas. No queremos adentrarnos más allá como muestra de respeto, además los nativos son algo recelosos.

Poco a poco y con cuentagotas, algunos nativos se van acercando a conocernos. Algunos no saben una palabra de castellano, pero en todo momento se muestran muy amigables. Mucho había oído de esta tribu, muchos además confunden unas tribus con otras. Quizás en tiempos antiguos, cuando los conquistadores abusaron de todo y de todos, estos amazónicos no fueran tan amistosos. En estas zonas residen tribus no contactadas de las que en la actualidad se sabe de su hostilidad, tales como los Mashco Piros o los Kuga Pacoris. No es el caso de los machiguengas.A la mañana siguiente unos curiosos niños de no más de 7 años se amontonan curiosos alrededor de nuestra tienda de campaña. Tímidos e intrigados nos observan como bichos raros. El presidente de la comunidad se acerca también por fin. Él será quien al día siguiente nos llevará ante los petroglifos de Pusharo, y nos advierte, “cuando uno va por primera vez a Pusharo siempre hace mal tiempo, siempre”.

A la mañana siguiente preparamos nuestro peque peque para partir. Deberemos

remontar el rio Palotoa durante varias horas. Por suerte, ha llovido fuerte los

últimos días y el río lleva mucha agua, seguramente podremos llegar hasta los

 mismos petroglifos surcando el río.

Partimos con tres nativos en total y efectivamente, como nos habían avisado,

todo se pone en nuestra contra. El río, fuerte, se resiste a ser remontado,

la lluvia, incesante no nos da tregua. Hemos de bajar de la embarcación y con

en el agua por nuestra cadera empujar el bote. Varios árboles han caído

obstaculizando el paso. Los hábiles machiguengas, resuelven la tarea

eficientemente a base de machetazos. Parece fácil cuando parten troncos

de más de 20cm con tres espadazos.  Por fin, el paisaje cambia ligeramente,

y las cortinas de bosque que rodeaban al río se han convertido en muros de

piedra. Hemos llegado a los petroglifos. Y el asombro me llena. El río pasa por

la misma pared de los dibujos, el bosque que había antes y daba acceso a los

grabados ha desaparecido. Desde el nivel del agua la pared tendrá unos 10

 metros de alto, llena completamente de figuras, símbolos… esto es

verdaderamente caótico.

A primera vista parece realmente difícil ver un mapa en aquello. Comenzamos

a diferenciar motivos y a tomar medidas. Mientras, los mosquitos se ponen las

botas y las hormigas muerden fuerte. Se aprecian claramente dos capas dejadas por el nivel del terreno que había antes. ¡Estamos viendo nuevos grabados no vistos hasta ahora! Y nuestro guía afirma que cuando él venía con su padre, veían dibujos que todavía están más abajo, inundados por el río. A los pies de la inmensa pared me introduzco en el río y palpo, comienzo a notar surcos y agujeros, de verdad parece haber nuevos grabados todavía más abajo. A la izquierda del mural destaca el perfil de un hombre. Se trata del famoso dibujo en el que Thierry Jamin dice ver el perfil de un inca. El perfil es claro, de unos 70 cm, rasgos que parecen andinos. Dos soles culminan toda la escena a 7 metros de altura. El resto de motivos son más abstractos. El tipo de grabado es fino y pulido, con los bordes trabajados y redondeados. Diferentes profundidades en los trazos y sin diferencia de pátina entre ellos, por lo que o fue todo trabajado en el mismo momento, o realmente ha pasado mucho tiempo desde su tallado. Destacan los rostros con forma de corazón. Nos hemos afanado en buscar los geoglifos que el arqueólogo francés vio en la sierra frente a Pusharo, sin éxito. Encontrar los símiles en la naturaleza de los dibujos de Pusharo apoyaría la teoría del mapa memoria. Claramente nos recuerda al estilo pictográfico visto en la roca de Jinkiyori, en Queros.

Penetramos varios metros en el bosque contiguo a la pared principal y encontramos la segunda pared de Pusharo. Totalmente cubierta por vegetación, aparecen unos grabados que nada tienen que ver con los que acabamos de ver. Cruces y un grabado que se nos antoja similar a una cara. La interpretación de esto me resulta imposible. ¿Qué demonios es esto? Entonces traigo a la cabeza todos los relatos que habíamos recopilado de los nativos acerca de este lugar: “ahí por la noche se escuchan voces” “al otro lado de los dibujos hay ruidos y gritos, nos da miedo”. Todavía más extraño es el relato de un machiguenka, quien nos vino a contar como una mano salió de la roca de Pusharo y se llevó a su compañero hacia adentro, él solo pudo escuchar los gritos mientras se lo llevaban. Todo esto hace que este lugar sea todavía más singular, de hecho ha atraído a grupos esotéricos que ven aquí una puerta dimensional.  

Mientras comemos en un pequeño grupo de piedras que sobresalen justo en el medio del río, observo el paraje. En ese punto, las dos paredes perfilan el río abriéndose a la sierra que se muestra ante nosotros. Sonrío, realmente aquel lugar parece la puerta hacia algo que está más allá.Nosotros no queríamos llegar sólo hasta aquí, y según nuestras informaciones algunas ruinas habían sido vistas al otro lado de la sierra de Pantiacolla, cerca de donde nos encontrábamos. Y es que el propio nombre de aquella cordillera, “Pantiacolla”, sugiere que quizás hay algo allí: donde la “colla”, la mujer del inca, se perdió. Así que salimos de la comunidad para dirigirnos hasta Shintuya, ahí aguardan los Amarakaeri, otros nativos que nada tienen que ver con los anteriores. Queremos conversar con los ancianos de la comunidad y dos días estamos entre ellos. Muchos guardan en el recuerdo un lugar en la cabecera de algunos ríos, donde antaño encontraron unas ruinas y una entrada a un túnel, algunos incluso, llegaron a contarnos que la entrada era la boca de una serpiente. Las ganas de partir y buscar incrementan a cada relato. Así hacemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nos es difícil encontrar a algún joven que quiera acompañarnos, pues es necesario alguien más para cargar el equipo que necesitaremos para explorar varios días la zona. Al final se une a nosotros el joven Hans, de 17 años. Nos comentan que al otro lado del río, en la falda de la montaña, vive un machiguenka aislado, Casiano, él quizás quiera acompañarnos y conozca las rutas.Y así llegamos a una casa de juncos, donde un encorvado nativo nos recibe con una sonrisa. No lo duda, él viene.

Repartimos el equipo y nos preparamos sabiendo que el primer día será el más duro, hemos de ascender toda la montaña de Pantiacolla para asentar nuestro campamento en la cumbre. Aquí no hay caminos, los abrimos nosotros con el machete. El suelo blando no da seguridad, pisamos raíces y hojas húmedas, nunca suelo firme. El ascenso es duro y el equipo se engancha a cada tramo. Aun así el lugar es increíble, en medio de la selva virgen estamos a su merced e infinitos tonos de verde nos abrazan. Los pies resbalan, el sudor gotea por todas partes. Casiano nos detiene, huellas de jaguar, aquí ha estado durmiendo afirma, estad atentos. Los sentidos se agudizan al 120 %.Ruidos, muchos sonidos que yo no identifico, pero que mis compañeros en seguida localizan. Hormigas isula, de tres y cuatro centímetros. Una picadura de éstas daría al traste con la expedición. Aquel día fue durísimo y jamás lo olvidaré, pero conseguimos culminar la montaña y montar nuestro campamento.Lo siguientes días, exploramos la zona. Buscamos pistas, antiguos senderos. El lugar está lleno de quebradas que debemos salvar. Encontramos pequeños paraísos, donde cascadas, quizás no vistas en siglos o quien sabe, nos sorprenden y embaucan. Nada, el lugar es de muy difícil acceso y en algunos pasos es necesario el uso de cuerdas. El cansancio se acumula y destrozados y algo desilusionados volvemos al campamento. Por el lado este de la cordillera quizás, pensamos. Quizás remontando algún río de los que nos comentaron los Amarakaeri… hemos de regresar.

No hemos encontrado nada, más que la propia experiencia que nos ha hecho más fuertes. Hemos recopilado nuevas informaciones que nos motivan para volver al lugar y probar, buscar, explorar y no perder esa ilusión, quizás algo romántica. Pero sabemos que algo hay en esas tierras, algo a lo que quizás los nativos no dan importancia.

Yo, me lo van a permitir, mencionaré las siguientes palabras del explorador Percy Harrison Fawcett, quien dejó su vida detrás de un sueño, detrás de la aventura, buscando aquellos lugares remotos, y afirmaba:

“Todas las tribus indias superiores guardaban la tradición de una gran civilización pasada, hacia el este, de una raza que puede haber engendrado a los incas, y aun al pueblo misterioso que dejó esas gigantescas ruinas que los incas invasores encontraron y adoptaron como propias”.

El bueno de Casiano

Ante la pared principal de Pusharo con el presidente de la comuidad matsiguenka de Palotoa Teparo

Remontando el río Palotoa hacia Pusharo. Mis guías matshiguenkas indicaban la vía de paso

Reuní a un equipo. Seríamos cuatro tratando de explorar en plena selva virgen

La presunta cara inca en Pusharo

¿Pareidolia?

                                                                                                                                      ©Diego Cortijo

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